Por Claudia Lorenzetti.
La poesía se emparienta con el psicoanálisis en tanto comparten un saber-hacer con la lengua por el cual el silencio que anida en la palabra queda resguardado. Así a diferencia de la cultura de la llamada “globalización” en donde se advierte “una fascinación por lo universalmente traducible”[1], el psicoanálisis y la poesía recuperan a la palabra como aquello que al mismo tiempo dice y calla. Y es justamente en ese temblor entre lo que la palabra dice y calla que situamos lo que hemos dado en llamar la experiencia del vacío que ambas comparten. Cuando escribimos, muchas veces rematamos aquello que hemos desarrollado en varias páginas con un poema. Freud, profesaba esta costumbre. Finaliza uno de los capítulos de El Malestar en la Cultura citando un poema de Goethe y expresa que no puede más que “suspirar” al pensar como el poeta logra a través de su labor alcanzar una intelección más honda. El poema dice más hondo. Si lo elegimos y lo incorporamos a lo que escribimos es porque sabemos que el poema agrega algo más a lo que nosotros hemos intentado decir en varias páginas. Así, en menos palabras el poema dice más. Dice más porque es un decir que hace eco en el cuerpo, y es esa conmoción lo que hace la diferencia. Si en menos palabras el poema dice más podemos hablar entonces allí de un exceso[2]. Exceso que nada tiene que ver con la cantidad de palabras. Se trata de un exceso del lenguaje en tanto su uso ordinario. Proust sostiene que todo buen libro está escrito en una “especie de lengua extranjera”, “un verdadero escritor talla en su lengua una lengua extranjera que no preexiste”, dice.Extranjera, entendemos, en tanto violenta a lo instituído del lenguaje. Borges llama a esta condición del poeta, de emplear palabras usuales y convertirlas en inusuales, “extraer magia de las palabras”[3]. Es en esta vertiente que Lacan emparienta al poeta con el analista en sus últimos seminarios y llama a este modo particular de obrar violencia hecha al uso cristalizado de la lengua. G. Steiner expresa que solo en lo estético “existe una absoluta libertad de no haber llegado a ser, “es esta posibilidad de ausencia”, dice, “la que otorga fuerza autónoma a la obra”[4]. Lacan al mencionar a Cézanne sostiene que “hay un misterio” en su modo de hacer manzanas” y agrega: “la naturaleza muerta sostiene, muestra y nos oculta lo que en ella es amenaza, desenlace, despliegue”[5]. En su texto “La muralla y los libros”, Borges escribe: “La música, los estados de felicidad, la mitología, ciertos crepúsculos, quieren decirnos algo, la inminencia de una revelación que no se produce es quizás el hecho estético”. Pareciera tratarse de un exceso que está en relación a una ausencia, a un misterio, a una indeterminación. Exceso que podemos pensarlo a la vez, como “una ofrenda[6].” El secreto del impacto estético no está entonces en captar la perfección de la forma. La obra, tal como lo sugiere Blanchot, “es la intimidad y la violencia de movimientos contrarios que nunca se concilian”[7]. En el acontecimiento estético de trata entonces de movimientos, de fuerzas que se excluyen y no se concilian, de la disolución de la forma más que de su realización, temática que está en relación a la sublimación y al distinto estatuto que tienen en ella la pulsión y el objeto. Si el discurso que sostiene la globalización intenta paliar lo real del malestar saturándolo con la pregnancia del objeto, vemos que el arte en cambio pone en juego movimientos que en su recorrido, en su organización[8] lo hacen expirar. Se trata aquí del encuentro con el objeto, pero en tanto radicalmente perdido. El recorrido de un análisis también estará orientado en esta dirección. Se trata en ambos casos no de la pregnancia del objeto sino de su vaciamiento, experiencia entonces de un vacío.Experiencia que entendemos no como acumulación de vivencias sino como una purga de las representaciones en donde hay una renuncia, un olvido del yo, un desarraigo por el cual éste queda exiliado del suelo en el que habitualmente se reconoce. El cuerpo entonces está en la experiencia como presencia pero no en tanto aquello a lo que el yo se identifica. Recordamos desde esta perspectiva aquello que Rilke tan bien expresa: “El poema no es sentimiento sino experiencia”. Creemos que experiencia es también el término apropiado para, aludir a de lo que se trata en un análisis. Dice Lacan en el L’Insu…: “Con la ayuda de lo que se llama la escritura poética, ustedes pueden tener la dimensión de lo que podría ser la interpretación analítica”. Así, en esta violencia que se hace al uso cristalizado de la lengua, “el analista comprueba que tocando el sentido de las palabras - para reducirlo - se toca también el cuerpo, más acá de su imagen especular”[9]. El impacto de la interpretación, en tanto producto de una reducción del sentido, está en íntima relación con un efecto corporal, allí donde cuerpo y yo no son asimilables. Podemos sin duda atribuir mayor eficacia a aquella intervención que es solidaria a un compromiso corporal, a un cierto vértigo (experiencia de un vacío) que aquella que deja al analizante en interminables elucubraciones. Experiencia del vacío en la que el saber hace cuerpo y que concebimos entonces como la experiencia en carne viva de la errancia de las palabras y de sus silencios. Es ese temblor entre lo que la palabra dice y calla, temblor constitutivo del lenguaje, lo que el discurso de la globalización en su “manía comunicacional”[10] intenta eliminar. Eliminando con ello la hiancia fecunda que hace del sujeto, un sujeto deseante. Será a través de la verdad, entendida como aquello que solo puede decirse a medias, que el psicoanálisis y la poesía hacen diferencia con el ideal de comunicación propio de la globalización. Decir a medias, ficcionalizar, único modo no de comunicar, sino de transmitir lo indecible.
Claudia Lorenzetti
Psicoanalista e integrante del equipo
de Adultos del Centro de Salud Mental N3
"Dr Arturo Ameghino", C A de Bs As.
Escrito publicado por El Sigma.
Referencias. [1] Con estas palabras en su libro El fin de las pequeñas historias, Eduardo Grüner expresa lo que considera como propio de la cultura de la globalización. [2] Esta idea la trabaja Carlos Kuri en su libro:La argumentación incesante [3] Lo dice en Arte Poética. Conferencias [4] G. Steiner Presencias Reales [5] J. Lacan. Seminario de la Ética [6] Expresión utilizada por M. Heidegger. Sostiene: “El arte instaura. La verdad que se abre en la obra nunca se deduce por lo hasta ahora obtenido. La instauración es una superabundancia, una ofrenda” [7] Lo dice en El espacio literario [8] Este es el término con el que Lacan describe en El Seminario de la Ética el modo de tratar el vacío propio del arte. Diferenciándolo de la ciencia y de la religión. [9] Yankelevich, H. “El cuerpo del analista”. Redes de la Letra [10] Esta expresión es también utilizada por Eduardo Grüner en su libro El fin de las pequeñas historias